http://www.lajiribilla.co.cu/2006/n257_04/257_02.html


UNIPERSONAL DE SUSANA PÉREZ
Diálogo para un sexo sin paz

Miguel Gerardo Valdés Pérez La Habana
 


Aún para quienes han indagado acerca de las singularidades de los procesos comunicativos e interactivos que se establecen en el teatro, no dejará de resultar sorprendente lo que la actriz Susana Pérez logra en su espectáculo unipersonal “Tengamos el sexo en paz”. 

La pulcritud y el depurado histrionismo de ella no es noticia que sorprenda a ninguno de los diversos públicos que a  lo largo de su extensa carrera han visto cada uno de los múltiples personajes que su hermoso rostro han dotado de credibilidad. No importa si el tiempo se remonta a las televisivas “Rosas a crédito”, “Sol de Batey”, o a su más reciente y magistral encarnación de “María Calas”. Tampoco, si las tablas la han retenido en las temporadas de “La Gaviota”, “La loca de Challot”, la Antonia de “Pareja abierta”; o si el cine ha insertado su nombre en los créditos de la filmografía contemporánea.  

Más allá de lo físicamente corporal, cuando no ha estado presente su imagen, su voz, en  documentales, cortos e informativos, ha alcanzado la personalización. De manera, que su experiencia y carrera han transitado por los principales medios de comunicación masiva actuales con la seriedad y el rigor como principal divisa.  

La versión libre de “Tengamos el sexo en paz” que dirige Raúl Lima Maqueira retoma y respeta el texto teatral original de Darío Fo y Franca Rame. Aunque en Cuba la pieza ya había tenido su debut en el año 2000 con aceptable éxito bajo la dirección de Lima,  contrario a la sentencia que alerta sobre segundas partes,  esta, que Susana Pérez  ha encarnado, ha abarrotado las salas y  reclamado terceras oportunidades. Sin lugar a dudas, contribuye a ello lo universal y actual de la temática, la sencillez conque el diálogo sondea los diferentes conflictos sexuales, la delicadeza del lenguaje aun cuando apela a situaciones que pueden rozar la hipersensibilidad de cualquiera de los asistentes, el descarte de la vulgarización y el populismo, y el carisma de la protagonista, quien una vez más, irradia talento, más allá de la mera figura y el rostro agradable. 

Quizás,  para el espectador entrenado y desconocedor de  lo que habrá de presenciar en el transcurso de la función, a primera vista, resulte llamativo lo convencional del diseño de la escenografía que tiene frente a sí. Sin embargo, a penas cinco minutos después de que la “tallerista” llega a la escena, el conjunto de los elementos que la rodean pasan a segundo plano, y ella ocupa durante más de una hora todos los espacios visuales e imaginarios. Tanta es la fuerza y energía que derrocha que por momentos se tiene la impresión de que va a desfallecer. Pero, inmediatamente se percibe que hay una sólida resistencia física y un papel, bien aprendido y dirigido, en el que no ha quedado ni un solo cabo al azar, y en el que también resulta decisivo el trazado dramático del argumento desde la veracidad de matices de un texto teatral que proyecta la veraz imagen psicológica y emocional del personaje. 

Uno de los momentos acertadamente climáticos es el del manejo de los hermosos títeres, retablo donde Susana consolida su versatilidad. Por otra parte, durante toda la obra, la  dinámica interacción público-actriz  pone de manifiesto lo peculiar del intercambio cuerpo a cuerpo que solo la representación y el hecho teatral hacen posible. 

De seguro, el público ávido del buen espectáculo demandará muchas puestas más. La disminución de las luces, casi al final, cuando la actriz declara que “el amor es la poesía de los sentidos” hubiera sido un momento ideal, de alta intensidad emocional, para el cierre de la representación en la acogedora sala del Museo de Bellas Artes. No obstante, el director ha apostado por la ruptura y la participación, nuevamente, del improvisado coro. Una vez más entonces, la “tallerista” apela a la interacción  que ya se  ha comentado, y con ello evita lo que en otras circunstancias hubiera provocado un desperdicio de la oportuna conjunción emocional actor-espectador para una buena despedida en paz.