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Aún para quienes han indagado acerca de las
singularidades de los procesos comunicativos e interactivos que
se establecen en el teatro, no dejará de resultar sorprendente
lo que la actriz Susana Pérez logra en su espectáculo
unipersonal “Tengamos el sexo en paz”.
La pulcritud y el depurado histrionismo de ella no es noticia
que sorprenda a ninguno de los diversos públicos que a lo largo
de su extensa carrera han visto cada uno de los múltiples
personajes que su hermoso rostro han dotado de credibilidad. No
importa si el tiempo se remonta a las televisivas “Rosas a
crédito”, “Sol de Batey”, o a su más reciente y magistral
encarnación de “María Calas”. Tampoco, si las tablas la han
retenido en las temporadas de “La Gaviota”, “La loca de Challot”,
la Antonia de “Pareja abierta”; o si el cine ha insertado su
nombre en los créditos de la filmografía contemporánea.
Más allá de lo físicamente corporal, cuando no ha estado
presente su imagen, su voz, en documentales, cortos e
informativos, ha alcanzado la personalización. De manera, que su
experiencia y carrera han transitado por los principales medios
de comunicación masiva actuales con la seriedad y el rigor como
principal divisa.
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La versión libre de “Tengamos el sexo en paz” que dirige Raúl
Lima Maqueira retoma y respeta el texto teatral original de
Darío Fo y Franca Rame. Aunque en Cuba la pieza ya había tenido
su debut en el año 2000 con aceptable éxito
―bajo
la dirección de Lima―,
contrario a la sentencia que alerta sobre segundas partes,
esta, que Susana Pérez ha encarnado, ha abarrotado las salas y
reclamado terceras oportunidades. Sin lugar a dudas, contribuye
a ello lo universal y actual de la temática, la sencillez conque
el diálogo sondea los diferentes conflictos sexuales, la
delicadeza del lenguaje
―aun
cuando apela a situaciones que pueden rozar la hipersensibilidad
de cualquiera de los asistentes―,
el descarte de la vulgarización y el populismo, y el carisma de
la protagonista, quien una vez más, irradia talento, más allá de
la mera figura y el rostro agradable.
Quizás, para el espectador entrenado y desconocedor de lo que
habrá de presenciar en el transcurso de la función, a primera
vista, resulte llamativo lo convencional del diseño de la
escenografía que tiene frente a sí. Sin embargo, a penas cinco
minutos después de que la “tallerista” llega a la escena, el
conjunto de los elementos que la rodean pasan a segundo plano, y
ella ocupa durante más de una hora todos los espacios visuales e
imaginarios. Tanta es la fuerza y energía que derrocha que por
momentos se tiene la impresión de que va a desfallecer. Pero,
inmediatamente se percibe que hay una sólida resistencia física
y un papel, bien aprendido y dirigido, en el que no ha quedado
ni un solo cabo al azar, y en el que también resulta decisivo el
trazado dramático del argumento desde la veracidad de matices de
un texto teatral que proyecta la veraz imagen psicológica y
emocional del personaje.
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Uno de los momentos acertadamente climáticos es el del manejo de
los hermosos títeres, retablo donde Susana consolida su
versatilidad. Por otra parte, durante toda la obra, la dinámica
interacción público-actriz pone de manifiesto lo peculiar del
intercambio cuerpo a cuerpo que solo la representación y el
hecho teatral hacen posible.
De seguro, el público ávido del buen espectáculo demandará
muchas puestas más. La disminución de las luces, casi al final,
cuando la actriz declara que “el amor es la poesía de los
sentidos” hubiera sido un momento ideal, de alta intensidad
emocional, para el cierre de la representación en la acogedora
sala del Museo de Bellas Artes. No obstante, el director ha
apostado por la ruptura y la participación, nuevamente, del
improvisado coro. Una vez más entonces, la “tallerista” apela a
la interacción que ya se ha comentado, y con ello evita lo que
en otras circunstancias hubiera provocado un desperdicio de la
oportuna conjunción emocional actor-espectador para una buena
despedida en paz. |