PUERTO RICAN MIRACLE
Ricardo Alarcón de Quesada
June 26, 2015

A CubaNews translation. Edited by Walter Lippmann.

Since the beginning of June, in both Manhattan and San Juan, thousands of Puerto Ricans have taken to the streets raising two key demands: independence for Puerto Rico and the release of Oscar López Rivera who has been in prison for more than 34 years, and is the longest-serving political prisoner in Our America.

All political and social sectors of Puerto Rico, without exception, have been involved in these demonstrations. They were convened by all patriotic organizations which have fought against colonialism in different ways but now came together for this action. They were joined by others who, in one way or another, have shown increasing dissatisfaction with a regime that, lacking sovereignty, is also experiencing a deep economic and social crisis.

The Puerto Rican cause has been particularly complex and difficult. Having confronted the most powerful empire on earth for more than a century, the small island has suffered a very harsh isolation. Under pressure from Washington, its drama was largely ignored by most of its Latin American and Caribbean sister nations and silenced by the big international media.

Its struggle has been, above all, solitary. It was left out of the great liberation movement of the nineteenth century, to which it nonetheless made an important contribution of fighters and sacrifices. It was then ceded as a possession by the Spanish crown to the rising US empire which exerts absolute control over Puerto Rico. The tremendous challenge to a large extent explains the internal disagreements that have hindered the necessary unity of the people.

The situation, however, is changing. The engine that drives the change has a name: Oscar López Rivera. The brutal sentence he endures has generated the unanimous rejection of all Puerto Ricans without exception.

Oscar did not kill or cause harm to anyone. He did not practice violence or transgressed the law. His only armed experience was in the Vietnam War
to which he was dragged into as so many young people of his generation and he returned decorated by the US Army.

He was sentenced, in 1981, to 55 years in prison for the alleged crime of "seditious conspiracy", specifically for being a militant in a Chicago-based organization that seeks independence for Puerto Rico.

He was subjected to particularly cruel prison conditions, including 13 years in solitary confinement and severe restrictions on his communication with the outside world. His first contact with the press took place two years ago when, by the way, he said: "I'm ready for whatever comes; I will always be ready for whatever comes."

Oscar's case is grossly unfair and it was so recognized at the highest level by the US authorities.

In 1999, sixteen years ago, President Clinton decided that he and other Puerto Ricans then imprisoned had received excessively long sentences and therefore they should be immediately released. Oscar refused to accept this because that presidential action did not include two other prisoners. These two served their punishment and were released, while successive petitions filed by Oscar's defense have been denied.

This petition was presented to President Obama in 2013 by the convention of the AFL-CIO, the US union organization, after a unanimous vote. Similar requests have been made by all political, religious, academic and social institutions of Puerto Rico, including the governor
who, in an unprecedented gesture, visited Oscar in the federal prison as well as colonial parties and all media of the island and the Boricua emigration. Never before had such an expression of unity been reached among Puerto Ricans.

It is a miracle of love and solidarity. It was made possible by a man who sacrificed his entire life for others and suffered the worst torments for the unredeemed homeland he embodies today in an exemplary manner.
 
Before the end of the month the Decolonization Committee of the United Nations will reaffirm the right of Puerto Rico to independence and will join the demand for Oscar's freedom. The UN committee has been active in this respect since 1972, always recognizing the inalienable rights of the Puerto Rican nation.

But Washington turns a deaf ear to a claim that
despite US’s efforts to stop it continues to grow. Over the years, only Cuba promoted the issue in the UN; today it is accompanied by a group of Latin American countries. Actions must be multiplied in the General Assembly and every international forum, and beyond, until the case of Puerto Rico becomes what it should be: a real priority for all.

It is a battle in which Latin America, now moving along the roads of a new era, has an inescapable obligation; and it will be waged with the same determination of the indomitable patriot who, from the solitude of his cell, has managed to overcome the atrocious captivity.
   
   

MILAGRO BORICUA

Ricardo Alarcón de Quesada
26 de junio 2015

Desde que comenzó el mes de junio tanto en Manhattan como en San Juan miles de puertorriqueños han salido a las calles levantando dos demandas fundamentales: la independencia de Puerto Rico y la liberación de Oscar López Rivera quien cumple más de 34 años de prisión y es el preso político por más tiempo encarcelado en Nuestra América.

En estas manifestaciones han participado todos los sectores políticos y sociales de Puerto rico, sin excluir a ninguno. Convocados por todas las organizaciones patrióticas que han luchado contra el colonialismo por caminos diferentes pero ahora se juntaron para esta acción, a ellas se sumaron otras que, de un modo u otro, muestran creciente inconformidad con un régimen que, carente de soberanía, atraviesa además una profunda crisis económica y social.

La causa puertorriqueña ha sido singularmente compleja y difícil. Enfrentando por más de un siglo al Imperio más poderoso de la Tierra, la pequeña isla ha sufrido de un muy duro aislamiento. Por presiones de Washington su drama fue ignorado por mucho tiempo por la mayoría de sus hermanas latinoamericanas y caribeñas y silenciado por la gran prensa internacional. Su lucha ha sido, sobre todo, una lucha solitaria desde que, apartada del gran movimiento emancipador del Siglo XIX, al que, sin embargo, aportó una importante contribución de combatientes y sacrificios, fue cedida como posesión por la Corona española al naciente Imperio norteamericano que sobre ella ejerce un dominio absoluto. El tremendo desafío explica en gran medida las desavenencias internas que han obstaculizado la necesaria unidad del pueblo.

La situación, sin embargo, está cambiando. El motor que impulsa el cambio tiene un nombre: Oscar López Rivera. La brutal condena que padece ha generado el rechazo unánime de todos los puertorriqueños sin excepción alguna.

Oscar no mató ni causó daño a nadie. No practicó la violencia ni transgredió las leyes. Su única experiencia armada fue en la guerra de Viet Nam a la que se vio arrastrado como tantos jóvenes de su generación y de la que regresó condecorado por el Ejército norteamericano.

Lo condenaron en 1981 a 55 años de cárcel por el supuesto delito de “conspiración sediciosa”, en concreto por ser militante en la emigración boricua de Chicago de una organización que busca la independencia de Puerto Rico. Le fueron impuestas condiciones carcelarias especialmente crueles, incluyendo 13 años de confinamiento solitario y severas restricciones a su comunicación con el mundo exterior. Su primer contacto con la prensa ocurrió hace dos años, ocasión en la que, por cierto, afirmó: “yo estoy listo para lo que venga, siempre voy a estar listo para lo que venga”.

El caso de Oscar es escandalosamente injusto y así fue reconocido, al más alto nivel, por las autoridades norteamericanas. En 1999, hace ya dieciséis años, el Presidente Clinton determinó que a él y a otros puertorriqueños entonces encarcelados les habían impuesto sentencias excesivamente prolongadas y por ello debían ser inmediatamente liberados. Oscar rehusó aceptarlo porque aquella acción presidencial no incluía a otros dos prisioneros. Estos dos hace años cumplieron sus castigos y recuperaron la libertad mientras que han sido denegadas sucesivas peticiones presentadas por la defensora de Oscar.

Así se lo pidió al Presidente Obama en 2013, en votación unánime, la Convención de la AFL-CIO, la organización sindical norteamericana. Igual solicitud han hecho todas las instituciones políticas, religiosas, académicas y sociales de Puerto Rico, incluyendo al Gobernador –que, en gesto sin precedentes, visitó a Oscar en la prisión federal- y a los partidos coloniales y todos los medios de prensa de la isla y de la emigración boricua. Nunca antes se había alcanzado entre los puertorriqueños semejante expresión de unidad.

Es un milagro del amor y la solidaridad. Lo hizo posible un hombre que sacrificó toda su vida por los demás y sufrió los peores tormentos por la Patria irredenta que hoy encarna ejemplarmente.

Antes que concluya el mes el Comité de Descolonización de la ONU reafirmará el derecho de Puerto Rico a su independencia y se sumará a la exigencia por la libertad de Oscar. El Comité ha estado pronunciándose al respecto desde 1972, siempre reconociendo los derechos inalienables de la nación puertorriqueña. Pero Washington hace oídos sordos a un reclamo que, pese a sus empeños por detenerlo, no deja de crecer: durante años sólo Cuba promovía el tema en la ONU, hoy la acompaña un grupo de países latinoamericanos. Se necesita multiplicar las acciones, en la Asamblea General y en todos los foros internacionales y más allá hasta trasformar el caso de Puerto Rico en lo que debe ser, una verdadera prioridad para todos.

Se trata de una batalla en la que América Latina, enrumbada ahora por caminos de una nueva época, tiene una obligación inexcusable y habrá que librarla con la misma determinación del patriota indoblegable que, desde la soledad de su celda, ha sabido vencer el atroz cautiverio.